LA CAZA EN VILLAFÁFILA

 

 

La caza en sus diversas facetas, que desde antaño se viene practicando en el contorno del conjunto lagunar y en particular en nuestra Villa, desde la noche de los tiempos permanece vigente, con los cambios  que ha conllevado el estar hoy día en zona de Reserva Natural. Hasta hace  unas décadas se podía practicar todos los días,  ahora solo se permite a partir de final de octubre a final de enero, los domingos, jueves y festivo,  en verano la media veda para codorniz.

Referencia importante de ello, la encontramos en las  NOTICIAS HISTÓRICAS  al respecto, que D. Elías Rodríguez, ha recopilado de una tradición con fuerte raigambre en estos parajes, de rastrojos, viñedos, praderías y  lagunas. Protagonistas de ella son especies como la liebre y conejo, este en menor importancia, la perdiz, codorniz, paloma, anátidas, ánsares y gran variedad de aves

Un animal del que el hombre se ha servido es el galgo, domesticándolo, lo convierte en el instrumento que genera una pasión en la caza sin parangón. Las armas de fuego, es el otro instrumento con frecuencia más usado y que establece diferencias. En el “argot” de esta, unos denominan a los otros “galgeros“ o “escopeteros “. Empezaremos por el galgo que se tiene ganada la preferencia por un montón de razones ante la escopeta. Ya en el Quijote, el ilustre hidalgo se deja acompañar en su séquito por un rocín flaco y un galgo corredor.

Todos los cazadores tienen que sacar un permiso que lo dan las respectivas conserjerías de medio ambiente, y para la escopeta a mayores tienen que hacer un examen de armas.

 

LA CAZA DEL GALGO

 

EL GALGO

En Villafáfila se crían galgos rústicos, de campo, por y para la persecución y posterior captura de la liebre. El galgo del lugar es un perro que forma parte del conjunto familiar, se le quiere, con las peculiaridades de su raza, vivaz, de potente musculatura. Es el fruto de muchos años de selección por parte del hombre teniendo en cuenta sólo un criterio: si el galgo corre bien las liebres. Aún hoy en día pervive esta selección tradicional, en la que la calidad de los progenitores cuenta un papel fundamental. ¡De casta le viene al galgo!

 Los galgos del país se caracterizan por ser perros de aguante (característica del galgo español) y son capaces de soportar carreras de muchos minutos a un ritmo alto, sin puntas de velocidad como los galgos ingleses.

 
LA LIEBRE

La estepa cerealista de la zona de Villafáfila es el hábitat ideal de un tipo de liebre muy resistente y fuerte cuando es acosada por los galgos. En esta comarca, como en la mayor parte de España, vive la liebre mediterránea, una de las tres subespecies que pueblan la Península Ibérica. Las otras dos son la liebre europea y la liebre de piornal. La mediterránea es la más pequeña de las tres y no suele superar los tres kilos de peso.

Su estrategia de supervivencia se basa en el mimetismo, gracias a su manto pardo, y en la velocidad, que reside en la potente musculatura de sus extremidades. Sin embargo, la liebre se adapta a cualquier situación, desde el frío intenso del invierno de la meseta castellana hasta el sofocante calor del estío.

 

EL GALGUERO

Las gentes de Villafáfila conviven con el galgo de forma natural. El galguero de la comarca cría sus propios lebreles como si de un tesoro valioso se tratase. Todo el año el galguero vive para sus perros. Si éstos enferman, el aficionado extremará sus cuidados. Si éstos corren bien, se ganarán, privilegios y la confianza de su amo. En compensación a sus quebraderos de cabeza, sus perros le darán  días de satisfacción, ¡bueno! y  alguna decepción.

Ya un mes antes de la apertura de la veda los lebreles barruntan  que pronto se medirán con ese animal del llano, la liebre, que les pone en cada carrera las pulsaciones de su corazón al límite y la extenuación al término de la jornada. Sus dueños dan comienzo a los entrenamientos por el camino de la Barca.

Por fin llega el día y el trajín de organizar, la espera de compañeros, los ladridos de unos y otros, no se aplaca hasta que la primera  “ rabona “ salta de su cama y desgañitándose, los gritos se oyen a distancia ¡ vamos Campera… ¡ ¡ ala perrica….¡, comienza una frenética carrera a lo largo de las viesas del rastrojo. Una bella estampa en los campos que pone los pelos de punta y que muchas veces termina en tragedia y otras en impotencia, frustración y la liebre en el perdedero. ¡ Esa se fue a criar ¡¡estos mañana a pan y agua ¡, los perros captan el enfado de sus dueños, ¡que ¡ damos la última mano y  almorzamos. Los galgos descansan y sus dueños dan cuenta de las viandas, al término las risas, bromas y anécdotas.

En el campo, el galguero muestra sus lebreles orgulloso, sabedor de su valía tras las liebres. Son posesiones preciadas. Por esta razón, no se escatima en medidas de seguridad y se construyen verdaderos búnkeres para guardar los galgos. Además, no se duda en permitir que los galgos duerman en casa ante la posibilidad de desapariciones. Los robos están al orden del día y suponen la mayor preocupación de los aficionados a los galgos. Estas sustracciones se concentran al principio de la temporada y durante la disputa de campeonatos regionales y nacionales.

Esta circunstancia ha hecho que el galguero se muestre desconfiado ante los extraños, pero nunca le importará que alguien admire sus galgos tras una liebre.

 

LA CAZA

La caza de la liebre con galgos se ha realizado desde hace varios siglos en Villafáfila.  Esta técnica no ha evolucionado mucho. Se ponen en mano (en línea) separados varios metros recorriendo el terreno en busca de la liebre, puede verse encamada, pero  la mayoría de las veces la liebre se arranca, en ese momento de gran intensidad se aperrea a los galgos para que salgan detrás de ella, es cuando se produce la carrera el momento cumbre , de muy bella visión, la liebre con su gran rapidez y vertiginosos quiebros intentara por todos medios despistar y distanciarse de los galgos, unas veces por mayor velocidad y otras por que se refugia en perdederos, (alcantarillas, arbustos, montones de piedras etc.) de diez carreras en siete ocasiones es vencedora la liebre. El cazador sigue la carrera en ella participan tres galgos dos mayores y uno menor de nueve meses, cuando el galgo alcanza a la liebre es de gran satisfacción para el cazador.

 

El CORREDERO

Villafáfila, situada en el noreste de la provincia de Zamora, es una zona ideal para la caza de la liebre con galgos. Se trata de una estepa cerealista sin barreras como pueden ser vallas de alambre de espino o de piedra o repoblaciones forestales masivas. Este terreno llano es el hábitat ideal para la liebre y un escenario perfecto para las carreras de galgos. Además, las pequeñas ondulaciones del terreno y los cerros permiten al espectador observar la mayor parte de las carreras. Hay una zona que está  acotada a la caza alrededor de las lagunas.

Otro factor fundamental es la existencia de refugios para que la liebre escape. Son los perdederos. Se trata de parcelas de  pequeños bosques-islas, alcantarillas en las cunetas para permitir el acceso a las tierras de labor y perdederos artificiales realizados por los propios galgueros (son tubos subterráneos).

La climatología influye positivamente en las carreras de galgos. Una temperatura alta haría que los lebreles pasaran muchos apuros después del gran esfuerzo de la carrera. Los galgos aguantan mejor el frío que el calor.

 

EL ESCOPETERO

Al igual que los anteriores, el primer día de caza antes de salir el sol, las armas en sus fundas, las cananas repletas de munición, el movimiento de todo tipo de vehículos se desplaza por los caminos en busca las zonas que más propicias creen, en bandos de perdiz. Comienza el tiroteo y la naturaleza se estremece.

La Espera de las acuáticas : gansos, patos, etc. Están marcadas en distintas zonas  próximas  a las lagunas. Al amanecer y una vez puesto el sol, son momentos propicios para “ calentarles la pluma “ y el pointer se de un chapuzón en las frías aguas.

En verano tienen la llamada media veda para la caza de perdiz.

 

EPÍLOGO

La cultura del galgo está profundamente arraigada en la zona de Tierra de Campos. Esta práctica permite el aprovechamiento de los recursos naturales con el sostenimiento del ecosistema reinante, la estepa. Al contrario que otras modalidades, la caza con galgos es una forma de selección natural de la liebre. Como en la naturaleza virgen, sobreviven aquellos ejemplares más fuertes o más inteligentes, los que logran burlar a los lebreles, sus depredadores, en la frenética carrera.

Después de tantos siglos de caza con lebreles, los actuales galgueros luchan día tras día por mantener viva esta tradición y no dudan en trasmitírsela de padres a hijos para que no se pierda. Como ya se ha dicho, más que una afición, es una forma de vida que modela a las personas y que hace que sepan valorar el legado de sus antepasados: los galgos. Una raza de perros que se perdería si se prohibiese la caza de la liebre con estos bellos animales.

 Para concluir, los galgos levantan pasiones tanto a los galgueros como a los simples espectadores que divisan por primera vez una carrera. Es algo que engancha y de lo que muy difícilmente se puede escapar. Da igual que haga frío, hiele o llueva, siempre se verá la estampa del galguero en el horizonte con sus galgos  en pos de una liebre que le dé un nuevo vuelco a su corazón.

Este pequeño relato nos muestra algo tan atávico en el hombre, como lo es la caza, que no solo ha ocupado gran parte de su vida, antes para sobrevivir, ahora para diversión, como deporte, sino que lo ha convertido en un estatus. ¡Que pensaría el personaje de esa memorable escena de caza, que nos describe el santanderino José Maria Pereda en Peñas Arriba, Pitu Salces con su espingarda en la osera
 

Contaba un viejo cazador, que un día saliendo del monte de Barcial, después de  acabar la espera del conejo, bien entrada la noche, cuando dos relucientes pupilas lo dejaron clavado al suelo. Por la intensidad del brillo dedujo que era un lobo y no se equivocó, frente a él, a menos de veinticinco metros le veía la muerte en los ojos. Con destreza se dispuso a cargar la escopeta, dándose cuenta que no le quedaba munición. Hurgando en todos sus bolsillos encontró dos tachuelas, recargó de las tachuelas y apuntando  al centro de sus ojos, disparó y tal  fue su tino, que dejo al lobo clavado en una encina, con una tachuela en cada oreja.