COFRADÍA DE LA VERA CRUZ S. XV A XIX

VILLAFÁFILA

 

 

            Esta cofradía, fundada en la parroquia de San Andrés, al lado de cuya iglesia se encontraba la ermita, es una de las múltiples cofradías con las que contaba la villa de Villafáfila en los siglos pasados y de la que tenemos referencias más antiguas. Estas referencias son indirectas, pues en la escritura de gasto que se hizo en la testamentaría de Yván de Collantes, que “Fallesçio a sabado treçe dias del mes de hebrero de 1490”, figura el cumplimiento de una manda testamentaria de este hidalgo, que había sido alcaide de la fortaleza de Villafáfila: “se dio a la Vera Crus + çien mrs. Que levo Rodrigo Herrada, abad”.

 

Por este documento (Archivo de la  Real Chancillería de Valladolid. Pleitos Civiles. Zarandona y Walls 1353-8 olv.) Conocemos que ya existía en la Edad Media esta cofradía y que la persona que estaba al frente de la misma recibía la denominación de abad. La existencia de la ermita que acogía a esta cofradía también la conocemos por el mismo documento, pero refiriéndose a unos años después, concretamente a 1513, cuando falleció la viuda de Collantes, María Vázquez, deja mandado en su testamento “A la Vera Cruz e a Sª Mª de Villarigo e a Sª Mª Madalena e a Sª Marta e a Sª Mª la Nueva, hermitas desta villa, a cada una medio real para sus obras”, por lo que es de suponer que el origen de las mismas se remonte a la Edad Media.

 

Antigua ubicación de la iglesia de San Andrés, luego paso a ser cementerio, hoy dia parduran restos de dicho cementario

           

Lamentablemente no se conserva la Regla de la cofradía (aunque cabe la posibilidad de que aparezca algún día entre los legajos del Archivo Diocesano de Astorga, en alguno de los muchos pleitos que aún no están catalogados), y apenas podemos conocer los detalles de su funcionamiento, pero se conservan en el archivo parroquial de Villafáfila dos libros de cuentas de ella (Archivo Parroquial de Villafáfila. Libros 71 y 72), por cuyas referencias podemos hacer una aproximación a sus actividades.

           

Las cofradías de la Vera Cruz surgieron con un carácter penitencial de disciplina durante la Edad Media influida por el pensamiento franciscano,  se extendieron por todos los pueblos y en las afueras de muchos de ellos se construyeron pequeñas ermitas para dar cobijo a los penitentes y ejercer otras funciones asistenciales. Así la de Villafáfila estaba situada cerca de la antigua parroquia de San Andrés, hoy día convertida en el llamado Cementerio Viejo, exactamente en el pico que forman los caminos del Espino y de S.Agustín en su divergencia. La situación precisa de su emplazamiento es conocida gracias a la tradición oral, de viejos vecinos que lo oyeron contar a sus padres. Particularmente a Mauro Vicente Costilla (q.e.p.d.), se lo había transmitido su padre, al que pertenecía el solar de la antigua ermita, conocida como el Salón, o el Humilladero. La ermita tenía los cimientos de piedra y algunas paredes de tapial,  contaba con varias dependencias como el Salón donde se procedía a la disciplina, alrededor de sus paredes había unos poyos de piedra donde se sentaban los cofrades durante la noche del Jueves Santo, una cocina y otros cuartos anejos para poder cumplir con las funciones de hospitalidad que tenía encomendadas la cofradía.

 

Dentro de la ermita se encontraba un retablo con el Santo Cristo y en el siglo XVI, sirvió para recibir el Santísimo Sacramento de la parroquia de San Andrés, mientras se hacían obras en la iglesia.

 

En 1714 el obispo de Astorga, ante la amenaza de ruina, manda que se demuela la ermita y se ponga una cruz en su lugar, pero no se llevó a cabo este mandato episcopal seguramente por la oposición de los cofrades, que dos años más tarde realizan las obras de reparación mediante un escote entre todos, por carecer de fondos la cofradía. Las obras se suceden cada cierto tiempo y el deterioro persiste, a veces agravado por la entrada de las aguas que bajaban por el camino del Espino dentro de la ermita en los periodos de riada.

 

En 1760 se reedifica el salón, empleando adobes y 1500 tejas.

 

Hasta su demolición en 1805 casi todos los años figura una partida de gastos para obras de reparación de la ermita.

 

Lugar donde estuvo la antigua ermita de la Cofradía del Cristo de la Vera Cruz (camino del espino a la carretera hoy de Villalpando)

           

En otros pueblos comarcanos también había ermitas de la Cruz, así existen referencias de las de San Agustín, cuya regla y estatutos se remontan al siglo XVII y se conservan en el archivo parroquial y Revellinos en el siglo XVIII, o la de Benavente, extramuros de la villa, donde se encontraba el conde don Alonso, cuando recibió la Provisión Real de nombramiento como comendador de Castrotorafe y de Villafáfila en 1507. En Otero de Sariegos, antes de su despoblación a mediados del siglo XVII, existía una cofradía de la Cruz, cuyo libro de cuentas se depositó, junto con otros documentos, en la iglesia de San Juan de Villafáfila en 1674. La cofradía de Villarrín permaneció en activo hasta este siglo, y gracias a la conservación de sus reglas y estatutos han recuperado la carrera del Jueves Santo como tradicionalmente se celebraba.

           

Los dos libros de cuentas de la cofradía que se conservan se remontan a 1693 y llegan hasta 1877 y son la principal fuente de aproximación a esta histórica cofradía.

           

En el siglo XVII y principios del XVIII la cofradía era mixta, formada por cofrades y cofradas, como se denominan en las relaciones de miembros.

 

En la de 1717 figuran 58 hombres y 45 mujeres, pero algún cambio debió de tener lugar en esos años, pues a partir de 1723 sólo figuran 111 cofrades, todos hombres.

           

Los cofrades eran de dos clases: de luz y de disciplina. Los primeros eran una especie de socios honorarios que se acogían a los beneficios de la cofradía pero no estaban sujetos a todas las obligaciones, entre ellas a la de disciplinarse. Los cofrades de disciplina, también denominados de sangre o de pica, eran socios ordinarios con todas las obligaciones que imponía la regla, entre ellas la de someterse a disciplina la tarde y noche del Jueves Santo. Por eso los cofrades de disciplina pertenecían a las clases bajas del pueblo y los de luz eran vecinos más pudientes, pues para entrar en la cofradía había que abonar una cantidad en dinero, variable a lo largo de los siglos. Así en 1707 los cofrades de disciplina pagaban medio ducado (cinco reales y medio) de entrada y un ducado por la salida, generalmente al fallecimiento; las mujeres pagaban once reales, es decir, un ducado de entrada y medio de salida. Sin embargo la cuota de entrada de un cofrade de luz era de cien reales, y la salida costaba once. Para entrar en la cofradía era preciso ser presentado por un fiador, que tenía que ser cofrade. A mediados del siglo XVIII la cuantía de la entrada se repartía en cuatros anualidades para facilitar el pago.

 

Su fiesta se celebraba el 3 de mayo.

 

Las obligaciones de los cofrades eran principalmente tres:

 

- asistir a los entierros y a las misas que se celebraban por las ánimas de los cofrades, que eran una cada mes y cada vez que fallecía uno de ellos, según determinaba el capítulo 5º de la regla.

 

- acudir a la rogativa y romería que se preparaba el primero de mayo por la mañana hasta la ermita de Nuestra Señora de Villarigo, llevando la cruz y la insignia de la cofradía, con asistencia de cura de San Pedro ( anteriormente el de San Andrés), al que se obsequiaba con un refresco de bizcochos y confituras al llegar a Villarigo.

 

- participar en la procesión o carrera del Jueves Santo por la tarde. Los hermanos de luz acudían portando una luminaria, de ahí su nombre, y los de disciplina cubiertos con una túnica o camisa blanca de penitencia con un caperuz. La cofradía tenía las túnicas y se las arrendaba a los cofrades que no poseían una propia por un real y medio. Los cofrades de disciplina tenían que hacer penitencia o disciplina durante la noche del Jueves Santo en el Salón de la ermita,  probablemente también durante el trayecto de la procesión, pues en esa época se llama procesión de la disciplina. Las características de esta penitencia no las conocemos en detalle, pero básicamente consistía en sufrir azotes en sus carnes hasta hacerse sangre, posiblemente con algún flagelo o instrumento cortante, de ahí su denominación también como cofrades de pica o de sangre. Para la limpieza de las heridas utilizaban vino.

 

La penitencia que se hacía en el Salón de la ermita, se realizaba ante un crucifijo: “una cruz que llaman de los azotes, con los instrumentos de la Pasión”, y los cofrades que no la realizaran estaban sujetos a multa. Pasados los 50 años de edad estos cofrades quedaban exentos de disciplinarse y los que no estuvieran imposibilitados asistían a la procesión del Jueves Santo con la túnica blanca. A los participantes en la disciplina la cofradía les ofrecía la parva, consistente en una porción de torta de pan y vino.

           

Se gastaron en el año 1693 dos cargas de trigo para las tortas y seis cántaros de vino el Jueves Santo. Siete cántaros gastaron el año 1698 y en 1707, y ocho cántaros en 1718. Todo ello provocó la intervención de los obispos de Astorga, que en sus mandatos de visita de esos años dejan escrito “que se moderen los gastos que hacen en las colaciones, principalmente los del Jueves Santo y el Viernes Santo ... que no se va por devoción a las procesiones sino por las colaciones”.

 

No le hicieron mucho caso a estos mandatos, pues en 1726 lo reitera: “la mayor parte de los caudales de esta cofradía los gastan y consumen en vino de las colaciones, siendo esto contra el ynstituto de la cofradía de la cruz, que es de penitencia y para azer sufraxios por las ánimas, ... y que semejantes colaciones en la Semana Santa dan motivo a faltar al precepto de ayuno y otros graves inconvenientes, ... mando que se dé sólo a cada cofrade que se disciplinare un trago de vino, y corta porción de pan que sirva de parba”. Algún efecto surgió pues en adelante gastan sólo una carga de pan “en dar la parba a los cofrades la noche del Jueves Santo, y dar la colación a los sacerdotes, porque asistan a la procesión de dicho día,... y seis cántaros de vino en la colación a los sacerdotes, en labar  a los penitentes y en dar refresco a los cofrades”.

           

Con el paso de los años los obispos, con una formación y una mentalidad influidas por las ideas de la Ilustración, recomiendan que no se hagan esos ejercicios de disciplina por parecerles prácticas salvajes, así en 1775 uno de los mandatos del obispo de Astorga es:

 “que la penitencia de sangre de la Semana Santa sea enteramente voluntaria, de modo que, en lo sucesivo, no pueda multarse cofrade alguno por no disciplinarse, pues esto debe ser efecto para la devoción, y lo contrario reprensible”.

 

Además vuelve a mandar que se modere el gasto de las colaciones, pues ese año habían gastado dos cargas de trigo, ocho cántaros de vino, cinco libras de confituras y una libra de bizcochos y prohíbe la parba del día de Viernes Santo, por ser día de ayuno. Al año siguiente sólo se gasta la mitad de pan y de vino.

 

Con el paso de los años el número de disciplinantes disminuye y de las 66 camisas que se arriendan en 1718, se pasa al alquiler de sólo 25 en 1774 y en los años setenta del siglo XIX solamente quedan 16 camisas de disciplina.

           

Al frente de la cofradía se encontraba un mayordomo (en la Edad Media recibía el nombre de abad), cuatro oficiales llamados “quatros”, un alcalde y un llamador. A principios del siglo XIX se elegían dos mayordomos. La elección de cargos se llevaba a cabo en la junta de la cofradía que se celebraba el 14 de septiembre, día de la Exaltación de la Cruz, de cada año y sus funciones no las conocemos.

           

Sabemos que el mayordomo era la cabeza visible de la cofradía, el encargado de llevar las cuentas y hacer los gastos. A veces tenía que realizar tareas extraordinarias, como en 1700, cuando apareció una criatura expósita en la ermita, el mayordomo tuvo que llevarla al hospital de expósitos de Salamanca, a cuenta de la cofradía por no querer hacerlo la villa. Los oficiales o quatros eran los encargados de organizar la procesión o la carrera. El alcalde sería el encargado de imponer las multas a los cofrades que no cumplieran con sus obligaciones. Y el llamador tendría como misión avisar a los cofrades para las juntas y actos de la cofradía.

           

Los cabildos de la cofradía se realizaban en la iglesia de San Andrés, seguramente por la insuficiencia de la ermita para albergar a todos los cofrades. Cuando el obispo de Astorga en su visita pastoral de 1642 decide suprimir la parroquia de San Andrés para anejarla a la de San Pedro por falta de feligreses, los cofrades de la Vera Cruz se presentan ante su ilustrísima:“y dijeron que pedían merced para hacer en San Andrés los cabildos de la cofradía y que la campana grande quede en la iglesia”, a lo que accede el obispo.

 

Con lo que se deduce que la cofradía pasó a depender de la iglesia de San Pedro, pero continúo radicada en la ermita hasta su demolición en 1805. Tras la demolición de la iglesia de San Andrés en 1772, seguramente sus cabildos se pasan en San Pedro.

           

Las relaciones de la cofradía con los párrocos no siempre fueron cordiales, así en 1571 el cura de San Andrés, Diego de Barrio,  se queja de que los cofrades no le dan a decir las misas que la cofradía tiene obligación de decir por estar dotadas en esa parroquia.

           

Aparte de las misas la cofradía tenía la obligación de mantener un hospital en las dependencias de la ermita para albergar a los pobres enfermos y peregrinos. Al cuidado de ella se encontraba un hospitalero para acoger enfermos o transeúntes. Así en 1541 Francisco de Pajares es “hospitalero de la cofradía de la Santa Vera Cruz”. Era uno de los cuatro con que contaba la villa en el siglo XVI. Se trataba de pequeños establecimientos con una cocina y un cuarto al cargo de un hospitalero que cuidaba a los pobres. Pero no siempre estas obras de caridad se atendían y en la visita pastoral de 1597 el obispo deja nombrado al cura de San Andrés como superintendente del hospital de la Cruz para que lo visite a menudo y mire por el cumplimiento de las obligaciones de atender a los pobre,  que tengan aposentos apartados para los hombres y las mujeres. Además de atender a los pobres enfermos la cofradía debía hacerse cargo de los niños que dejaban expósitos en su puerta y llevarlos a los hospicios.

           

La financiación de la cofradía se llevaba a cabo por medio de las cuotas de entrada y salida de los cofrades,  del arrendamiento de las túnicas de penitencia, algunas de las cuales servían de mortaja  a los cofrades que no disponían de una propia y que pagaban su valor: “tiene camisas para los penitentes que se disciplinan el Jueves Santo, y alguna de ellas se han sacado para amortajar a algunos que han muerto”; por los mandas testamentarias de limosnas que muchos vecinos dejaban a su muerte para reparos de la ermita o para la cofradía ( ya mencionamos los 100 mr. que dejaba Ivan de Collantes en 1490, y en 1523 el arcipreste Fernando Fernández, dejó mandado  “Ytem mando a la Vera Cruz de Sant Andrés un ducado” que equivale a 374 maravedíes,  del fruto de las tierras de la cofradía, que en 1751 ascendían a 81 fanegas y 3 cuartas de superficie, que producían unas 14 fanegas de pan mediado, trigo y cebada. Estas tierras también habían ido pasando a la cofradía por medio de testamentos y mandas funerarias.

 

Los gastos principales eran el coste de las misas; las colaciones del primero de mayo, la que se daba a los curas y a los quatros u oficiales después de la carrera del Jueves Santo, y la del día 14 de septiembre; las obras de reparación de la ermita y esporádicamente, la compra de cruces, pendones, insignias y otros objetos para las procesiones.

 

       Cristo de la Vera Cruz

Cristo de la Vera Cruz

Cristo de la Vea Cruz restaurado en 2011

         

        La procesión  denominada “La Carrera” se celebraba la tarde del Jueves Santo y sacaban en procesión una imagen de Cristo crucificado, que según D. Camilo Pérez es un Cristo que mide 120 cm., que actualmente se conserva en el Museo Parroquial, aunque en aquella época estaba vestido con faldellín. La imagen estaba muy vieja en 1726 lo que puede ser orientativo de su antigüedad, por lo que el obispo manda “que se retoque la efigie del Sstº Xpttº por allarse sin pintura y muy deteriorada”. En 1741 se menciona lo que ha costado dorar la caja del Cristo y dos cristos pequeños con faldellines de damasco verde.

 

Las procesiones se alargaban hasta la noche por lo que el obispo manda que salgan con tiempo de entrar en la iglesia antes de acabar el día.

           

En la procesión los cofrades de luz iban al descubierto portando una luminaria,  los de disciplina iban haciendo penitencia, bien con una túnica blanca o con algún objeto de disciplina. Un cofrade llevaba la insignia y otro la cruz.

 

En 1726 se compró un estandarte de damasco verde en Valladolid, con una cruz de metal en la vara. En 1803 se sacó un nuevo estandar

 

Las alhajas de la cofradía que se relacionan en 1775 son:

      -un pendón de damasco verde con su cruz, asta y cordones de seda

      -una cruz de yerro de los muertos

      -una cruz que llaman de los azotes con los instrumentos de la Pasión

      -dos crucifijos de madera con faldellines de damasco verde

      -unas cortinas y tafetanes verdes

      -dos faldones verdes que trae el Santo Cristo donados por doña Lucía Costilla

      -dos almohadones nuevos y dos viejos con fundas encarnadas que son del Santísimo Cristo del Descendimiento que el Jueves Santo se usan en la ermita de esta cofradía.

           

        Los cofrades pertenecían a todos los estratos sociales de la villa, desde los hidalgos, labradores ricos hasta los jornaleros o los escribanos, y se distribuían por todas las parroquias. El número de los cofrades es muy dispar a lo largo de su historia. En 1717 se relacionan 45 cofradas y 58 cofrades, en 1723 figuran 111 cofrades, todos hombres, siendo 30 de luz. El mayor número de cofrades se debió alcanzar a principios del siglo XIX, pues en 1802 asisten 246 cofrades más los curas y otros religiosos.

           

Un gran golpe a la cofradía supuso la desamortización de sus propiedades a principios del siglo XIX. Consecuencia de la política de Godoy, en 1798 se promulgó una Real Orden por la que se creaba una Real Caja de Amortización y se mandaba enajenar los bienes raíces de los hospitales, hospicios, casas de misericordia, casas de reclusión, cofradías, memorias, obras pías y patronatos de legos, poniendo los capitales logrados en esa Real Caja con un rédito anual del 3%.

           

Esta desamortización, precursora de las de Mendizábal o Madoz, afectó a muchas fundaciones religiosas de Villafáfila, entre otras a esta cofradía. En 1805 se pusieron las heredades en venta y se desmontó la ermita vendiéndose la madera, la piedra y la teja de la misma. La heredad de tierras se vendió en febrero de 1806 por 28.280 reales y 33 maravedíes. El año siguiente fueron ingresados en la Real Caja un total de 29.933 reales de vellón que debían producir a favor de la cofradía una renta anual de casi 900 reales. El problema vino con la invasión francesa y la guerra de la Independencia, que impidió cualquier cobro de los intereses, que todavía tres años después de acabada la misma no se habían percibido. Todo ello hizo que el número de cofrades en 1817 fuera de 49. No obstante a medida que la población de la villa crecía la cofradía aumentaba sus miembros hasta alcanzar los 123 en 1863, descendiendo de nuevo con la revolución y los cambios de régimen de los años posteriores, llegando a desaparecer a finales del siglo XIX.

           

Los ritos y penitencias que tenían lugar durante toda la noche del Jueves Santo que hacían permanecer despiertas a gran número de personas, las cuales hacían más llevadera la vigilia con unos tragos de vino, serían el origen de la costumbre de hacer la limonada y mantenerse toda la noche de juerga que seguían los jóvenes de Villafáfila desde tiempos inmemoriales.

 

En el año 2010, a través de la Junta Pro Semana Santa de Villafáfila, recupera la precesión de la Vera Cruz, más de cien años después de su ultima procesión, su recorrido que sale desde la iglesia de Santa María, llega hasta donde primitivamente perteneció la antigua cofradía a la iglesia de San Andrés (ubicada en el antiguo cementerio) y que cerca estaba su ermita, el recorrido pasa por la iglesia de San Pedro que tras la supresión de San Andrés dicha cofradía paso a pertenecer. Los portadores, visten camisa blanca y procesiona con la capa castellana. Al finalizar la procesión se da limonada y pastas en recuerdo de lo que fue la parva.

 

Procesión de la Vera Cruz

Refresco de limonada y pastas "Parva"

 

Elías Rodríguez Rodríguez.

 

Texto:

 

Elías Rodríguez Rodríguez. http://villafafila.net/cofradiaveracruz/cofradiaveracruz.htm

 

Granja Alonso Manuel y Camilo Pérez Bragado: Villafáfila, historia y actualidad de una villa castellano leonesa y sus iglesias parroquiales. 1996, pág. 412 y 433

 

(Archivo Parroquial de Villafáfila. Libros 71 y 72).

 

          Fotos: villafafila.net