DÑA. MARÍA JESÚS ALONSO FERRERO

PREGÓN - SEMANA SANTA 2019 -VILLAFÁFILA

 

 

  PREGÓN DE SEMANA SANTA 14 de abril de 2019

Muy buenas tardes a todos.

Me gustaría empezar dando las gracias a la Junta Pro Semana Santa de Villafáfila, y lo hago desde el sentimiento más sincero. Convencida del valor y la importancia de este momento.

Es un honor anunciar nuestra Semana Santa con un acto que celebramos desde hace diez años y con el que queremos seguir escribiendo la historia de nuestra localidad y de una de sus tradiciones más arraigadas. Queremos compartir aquello que nos une, aquello que muestra una parte esencial de lo que somos y de cómo somos.

Quiero dar las gracias a nuestro alcalde, José Ángel Ruiz, al sacerdote  de nuestra parroquia, D. Agapito Gómez y especialmente y  como una más de vosotros a todos los vecinos que nos acompañan.

Con humildad asumo el papel de pregonera y también con la ilusión y la fuerza que aporta el sol que ilumina estos campos de Castilla, campos sembrados de cereal que alimentan nuestras almas

Mi única pretensión es compartir con vosotros algunos recuerdos y vivencias, eso que me liga y me une a Villafáfila, eso que me vincula de por vida a esta Semana Santa. Y digo que me une de por vida porque no podía     ser de otra forma si  nací  un Viernes Santo de hace 52 años, después de la procesión, aquí, en la calle Suspiro, en la casa de mi abuela Ángela.

Dña. María Jesús Alonso Ferrero

         Y es como si una aspiración profunda y prolongada, la de un instante, la de un suspiro, siguiera aliviando mi vida y mi carácter. De alguna forma estoy marcada también por mi nombre que me lleva hasta la madre de Jesús y al hijo de Dios, y me hace seguir el paso de la procesión de María y de Jesús año tras año.

SIEMPRE la claridad viene del cielo;

decía el poeta zamorano Claudio Rodríguez.

es un don: no se halla entre las

cosas sino muy por encima, y las

ocupa haciendo de ello vida y

labor propias.

Así amanece el día; así la noche

cierra el gran aposento de sus sombras

SIEMPRE la claridad viene del cielo;

Soy hija de Tino, “el Use” y Marciana, de la familia de “los cabritos”, personas humildes y trabajadoras, que vivieron, sin duda, tiempos muy  difíciles. Mi padre trabajó desde niño en la fragua de mi abuelo Felicísimo, junto a la iglesia de San Martín y presume de haber sido el último que hizo sonar las campanas de esa iglesia. Por otra parte, mi madre,  desde muy joven se inició  en el oficio de la costura, sin dejar de dar puntadas a lo largo de toda su vida.

A ellos les debo lo que soy, como maestros y como ejemplos. Ellos me inculcaron el valor de la tenacidad, del esfuerzo y la superación. Ellos, a mi hermana Begoña y a mí nos marcaron el paso para sortear las dificultades y levantarnos el ánimo cuando las fuerzas se debilitan.

Nací y crecí en este pueblo, rodeada de vecinos y amigos entrañables, de los que tengo un gran recuerdo y mucho cariño y junto a esta pila recibí el bautismo. Asistí a la escuela de párvulos, ubicada en la plaza del ayuntamiento con todos los niños que por aquel entonces había en el pueblo, y con Don Camilo aprendí el catecismo para la Primera Comunión, tardes de nervios y algunas risas para aliviar la tensión.

Con 6 años inicié mis estudios de E.G.B. en la escuela comarcal San Marcos, hoy Colegio Rural Agrupado, un gran centro, que lamentablemente se resiente hoy en día por el descenso demográfico de la zona.

Siempre recordaré a Doña Antonia, maestra que me enseñó a leer y a escribir, persona de recio carácter pero que hizo despertar en mí la verdadera vocación hacia el magisterio. Desde entonces supe que quería ser lo que hoy soy.

Mi vida está ligada a este pueblo. A Villafáfila pertenecen mi infancia y mis raíces, las que hoy me sostienen. Aquí viví feliz, correteando por las calles, jugando al escondite, con la merienda a “la piedra fina” y los domingos como día extraordinario a la salida de misa, echando un vistazo a la ventana de la cartelera del cine de Benito y directos a la plaza a comprar unos chuches del cajón de la Romicha, siempre con un orden que nos maravillaba…

Aquí viví sin internet, ni redes sociales y con televisión en blanco y negro.  Aún siento el frío de los pinganillos de hielo y noto el barro que atrochamos por estas calles. También aquí conocí a quien hoy es mi marido, Chema y que sin él nada de esto hubiera sido posible.

Hago míos los versos de nuestro querido poeta Jacinto Fuertes:

Yo siempre quise a mi pueblo,

¡Nunca lo podré olvidar!

y en mis versos lo recuerdo,

que aunque no vivo en el pueblo cada vez lo quiero más.

Allí pasé toda infancia con mi plena juventud,

y aquellas Semanas Santas donde todo el pueblo canta a su Jesús con la cruz.

La Semana Santa es uno de los momentos que se hunden en la historia de Villafáfila para revivir cada año. Una celebración que se remonta a la Edad Media y que excede al valor artístico de sus tallas y a la tradición de sus procesiones, que han ido surgiendo a lo largo de los siglos. La historia se repite porque forma parte de nuestro ser, de nuestros sentimientos, porque de alguna forma responde a unas ansias compartidas por encontrarnos con lo más profundo de nosotros mismos y de nuestras creencias.

Así expresamos aquello que sentimos, así podemos compartirlo y sacar a la calle nuestra religiosidad. Y al hacerlo manifestamos nuestra fe, ponemos en valor nuestro patrimonio artístico, recreamos nuestra cultura y nuestras tradiciones o estrechamos los lazos con quienes nos rodean. Así crecemos por dentro mientras nos manifestamos por fuera.

Para mí el inicio de la Semana Santa tenía lugar después de la celebración de los jueves de “compadres y comadres”, con aquellas meriendas que tanto disfrutábamos y se iniciaba con el miércoles de ceniza, cuando acudíamos acompañados de los maestros a la iglesia para la imposición de la misma. Era algo especial, un rato de disfrute que nos permitía escapar a media mañana del colegio. Pasábamos el día pendientes de esa señal de ceniza en la frente que poco a poco iba desapareciendo aunque de alguna forma nos calaba.

Al escribir este pregón eché la vista atrás y arranqué del olvido esos recuerdos que me permiten expresar lo que hoy quiero compartir. Como ese sentimiento de admiración que me invadía, siendo niña, cuando escuchaba la tradición de los sermones realizados por la figura del predicador. Tradición que se mantuvo hasta los años 70. Por lo general realizaba este papel un franciscano, o un dominico, procedente de los conventos de la zona y su palabra se oía especialmente el día del Viernes Santo.

Ese mismo día, muy temprano, era costumbre ver a las mujeres ataviadas  con la basquiña, una falda negra que usaban para actos solemnes,  permaneciendo sentadas en el suelo de la iglesia y rezando sus oraciones. El Nazareno y la Virgen María salían de la iglesia de San Martín para encontrarse en la Plaza del Ayuntamiento. Qué emoción despertaba tan solo una frase”…corre Juan a ver a María...” puesto en voz de quién lo decía. Posteriormente comenzaba el Vía Crucis con su recorrido por distintas calles hasta la Plaza del Salvador, terminando la procesión en la iglesia de San Martín y finalizando con la misa en la Iglesia de Santa María.

“Padre nuestro Jesús

Nazareno, rey eterno de

amor y de paz.

Reina siempre en tus fieles Esclavos

y del mundo, Señor, ten piedad”                           

(Estrofa tantas veces escuchada)

También entre esa herencia que atesoro guardo en mi recuerdo “la tarde de tinieblas”, que tenía lugar el miércoles santo en la Iglesia de San Martín.

Después de los oficios y con la iglesia en penumbra, los niños agitaban carracas y matracas, produciendo un tremendo estruendo, simulando un terremoto al final de los tiempos. Es una pena que esta tradición no se mantenga en la actualidad para poder vivirla con aquella intensidad de entonces.

La Semana Santa para mí son todos esos sonidos, tiene  olor  a  incienso, hasta sabor a torrijas y huellas que no se borran.

La Semana Santa son los ramos de laurel bendecidos que ondean en procesión el domingo de ramos. Es la Subasta o Ajuste de los Santos. Un acto trascendente que se remonta a comienzos del siglo XIX y que se mantiene en pocos lugares de España. Es mostrar disposición para cargar con las imágenes, pagar por tener ese privilegio, llegar a competir por ocupar ese lugar dentro de una procesión. Nunca salíamos de nuestro asombro cuando años atrás, contando nosotros con 10 u 11 años, la Urna del Santo Entierro alcanzaba el escaso valor de 1 peseta o 1 duro, debido a su peso.

Nuestra Semana Santa también es la Trompeta, que marcaba el ritmo de la puja y de esta celebración, que nos anunciaba los actos religiosos y nos acompañaba toda la noche del Jueves Santo, con un sonido bronco que se perdía por las calles y entraba en nuestras almas.

Pero nuestra Semana Santa es también el silencio del Miércoles Santo y la Cofradía del Santo Cristo de la Misericordia. Fundada hace 25 años por iniciativa de un grupo de vecinos del pueblo con el fin de impulsar la Semana Santa de Villafáfila y recuperar esta imagen de estilo barroco del S. XVII de gran belleza y expresividad que se conserva en nuestra iglesia.

Para mí tiene un significado muy especial esta procesión por diferentes motivos o mejor dicho por diferentes vínculos que tienen nombre. Entre sus impulsores, Agapito, mi suegro, recientemente fallecido, a quien la memoria se empeñó en colocar lo vivido en el rincón de lo olvidado…

Es también especial por la confianza que en su día Jesús Ruiz , gran impulsor de la Semana Santa y alguien muy apreciado en nuestro pueblo depositó en Carmina y en mi madre, Marciana, al encargarles la confección  de las  túnicas de la cofradía en delicado terciopelo verde oscuro, con capa y capuchón beige.

Tengo que decir, que algún hilván tuve que quitar y algún jaretón que coser para que el encargo llegase a tiempo.

Y  esencialmente  porque mis hijos Gonzalo y Jaime son miembros de esa cofradía, lo que me hace sentir muy orgullosa.

“Jóvenes que lo lleváisteis Con entusiamo y con fe,

Que lo llevéis muchos años.

Igual que en el noventa y tres.”

(Bellas palabras de Jacinto).

Después del acto de juramento del silencio, por parte de los cofrades en la iglesia, se inicia la procesión del Santo Cristo de la Misericordia, transcurre lenta por nuestras calles y se abre paso entre los claroscuros que producen las luces y las sombras de los faroles que iluminan el Cristo. Y así caminamos envueltos en el sonido del tambor, una esquila, una matraca, que hacen sonar los cofrades más jóvenes para que el silencio impere y mantener así su promesa.

El recorrido se rompe con el canto del Miserere en la plaza  del Ayuntamiento, cuando el Cristo de la Misericordia reclama nuestra atención, con semblante triste, en perfecto equilibrio, apoyado únicamente sobre las horquillas y su mirada se extiende ante todos los cofrades.

Esta misma Cofradía ha recuperado el DESCENDIMIENTO, momento que se repite cada cuatro años. Cristo liberado de la cruz, instante que de alguna forma también alivia nuestras cargas y pesares personales y nos despoja de ataduras.

No es que la Semana Santa vaya ganando en importancia a medida que transcurren los días, nuestra Semana Santa son estos instantes y otros como los Oficios, con la lectura de la Pasión de Cristo o la Procesión del Ecce Homo. Esa imagen de Jesús atado a la columna, que data del siglo XVIII y procede de la  iglesia de San Salvador, que desfila cada tarde de Jueves Santo con pasos acompasados junto al color morado que visten sus cofrades.

También el Jueves Santo y por un camino iluminado con velas y cirios camina lenta la Procesión de la Vera Cruz, talla de gran valor artístico, perteneciente al estilo gótico-flamenco del S. XV y que participó en la muestra de las Edades del Hombre de 2011 en Medina de Rioseco. Recuperada esta procesión desde hace 9 años, a propuesta de la Junta Pro- Semana Santa, y después de 130 años desaparecida. Gracias a su iniciativa podemos rememorar su esencia y el origen  de aquel entonces, identificado con la tradicional capa negra castellana.

Estos recuerdos me transportan a tiempos de ritos y penitencias que antiguamente tenían lugar en la noche del Jueves Santo, noche de vigilia que muchos grupos de jóvenes alargábamos esperando la madrugada que nos reconfortaba, con la costumbre de hacer limonada, jugar al “Ballato” (con sus retahílas…. “Miente Ud señor ballato”) y desayunar unos buenos churros, si era posible, antes de ir a la procesión.

Nuestra Semana Santa está hecha de todos esos pasos que representan la Sagrada Pasión de Jesús Nazareno en el lento y agónico caminar hacia el calvario. Jesús con la cruz, María y San Juan.

Emoción contenida a lo largo de toda la procesión de Viernes Santo al poder contemplar a Nuestro Jesús Nazareno. Una imagen que penetra en nuestro corazón y nos transmite serenidad como si en su encuentro halláramos protección.

Camina en soledad María tras los pasos de San Juan. La madre llena de dolor por los cuatro costados. Con su mirada abatida, en sus manos derrotadas, su hijo que pronto será Santo Cristo de la Pasión.

“Siete palabras de amor Dijo Jesús angustiado

En Ellas se expresa el dolor De Cristo crucificado”

La procesión discurre lenta, armoniosa y acompañada por los cantos de las mujeres. Pies descalzos que caminan cumpliendo alguna promesa o petición. Y Los penitentes que siguen de cerca la imagen de Jesús hasta el momento del “Encuentro”. Allí se encuentran, allí nos encontramos, con San Juan y con María que se rinden reverencias.

Nuestra Semana Santa es la procesión del Santo Entierro, es la Virgen de las Angustias, es María invadida por la tristeza, es la Virgen de la Piedad, es el Cristo de la Urna, tan real como la vida y es la Madre Dolorosa que sale a nuestras calles desde hace 12 años acompañada de mujeres dignas de admiración. Es la Madre atormentada por ver a su hijo sin vida.. Es el hijo clavado en la cruz. Es una túnica de terciopelo negro y una medalla de plata, es un estandarte que lo anuncia y se abre paso, son los pies descalzos y unos cirios que iluminan su recorrido y el silencio….

Mi Semana Santa es la de mi abuela y la de un farol de cristales y una vela, en la que mi máxima preocupación era si se me apagaría por efecto del viento y si se consumiría a lo largo del camino. Y es también mi temor a mancharme de cera. Es la Salve, siempre emocionada en la iglesia.

Es el Domingo de Pascua y la mañana de encuentros, es acompañar a María, despojada de su manto negro para celebrar a El Salvador. Es Jesús resucitado.

La Semana Santa es duelo, y sufrimiento, es alegría, pasión y añoranza. Son para mí las personas que quiero y aquellos que la hacen posible y la comparten. La Semana Santa, nuestra Semana Santa es mía y es de Villafáfila. Es de todos. Y a todos agradezco que me permitan este honor de pregonarla.

Hay tanta dedicación y trabajo detrás de nuestra Semana Santa que no sería justo que me olvidase de todas las personas que invierten tanto tiempo preparando la iglesia, vistiendo imágenes, preparando sus mantos y túnicas, haciendo que luzcan con todo su esplendor acompañados de preciosos adornos florales. Sin olvidar a aquellas personas que con esfuerzo y entrega comparten la labor de realizar carteles, imágenes y vídeos proyectando nuestra Semana Santa a través de las redes sociales. Hay tanto compromiso que es necesario poner en valor tanto esfuerzo desinteresado y tanto cariño. Para todos vosotros, mi reconocimiento y mi homenaje más sincero y fraternal esta tarde.

Por eso termino como empecé rindiendo homenaje al pueblo que me vio nacer y en el que crecí, a sus gentes, que me acompañaron y me acompañan, a su Semana Santa, que forma parte de mi vida, que fue parte de mi ayer, es parte de lo que soy hoy y así será siempre.

          Muchas gracias por la atención.

          Villafáfila, 14 de abril de 2019