Explotación, mercaduría y uso de la sal de

las salinas de Villafáfila hasta S. XVI

 

 

Manuel de la Granja Alonso

Desde la década de los 70 a las Lagunas de Villafáfila se le dan una importancia por la avifauna que alberga en ellas pero es un hecho cierto, la importancia histórica que tuvo la sal de estas lagunas, a través de los tiempos medievales. Es una riqueza natural existente en el subsuelo. Desde antiguo sé explotaba  esa sal.

 Esta se localiza en las <<pausatas>> o <<salinas>> de las cuales había en <<Lucuna Maiore>> (salina Grande, de Villafáfila), en Arcello (Salina de Barillos en Revellinos), en Madronil, Terrones, Villarigo y Laroia (Villafáfila), Muelledes (Villarín) y Requejo (Otero de Sariegos). Todas se encuentran en la cuenca del Río Salado, de ahí su nombre.

 No existe en el subsuelo de la cuenca, un depósito de sal perfectamente definido, no hay minas de sal gema, sino que esta se encuentra distribuida a lo largo de su perfil, en profundidad, con mayor o menor uniformidad, impregnando las arcillas vindobonienses que forman aquel. Se ha realizado en las priximidades de las salinas pozos artesianos que van, de profundidad, desde 20 – 30 mts. a 110 – 120 mtrs. encontrándose a lo largo de su perfil aguas salinas. Sus sales están formadas por cloruros, nitratos y sulfatos de sodio, y magnesio principalmente.

 La sal de estas salinas se ha explotado a través de la historia, como actualmente se realiza en las salinas costeras o interiores.

El agua cargada de sal se extraía de los pozos o cisternas para ser distribuida en las eras, donde sometida a la acción  del sol y del viento en verano, depositábase la sal mientras el agua desaparecía por evaporación.  Cabañas que hacen de depósito de sal  y de aquellos objetos empleados en su extracción. Hay un  paraje, en Villafáfila, junto a las salinas denominado <<Las Cabañas>>.

 Según la evolución de la propiedad de las salinas, en el reino castellano-leonés, se establecen tres etapas, desde el siglo X al XIV:

 1ª. Comprende del siglo X a mediados del XII (Reinado de D. Alfonso VII) Es la fase denominada <<dominical>> o << monástica>>.

 2ª. Comprende desde esta segunda mitad, del siglo XII, a la correspondiente del XIII (Reinado de D. Alfonso X).

 3ª. Corresponde al reinado de D. Alfonso XI y siguientes, siglos XIV y XV.

 1ª. Los primeros beneficios de la sal fueron pequeños propietarios  libres que la extraían, comercializaban y usaban, según sus necesidades. Seguidamente son los grandes monasterios de la zona: Sahagún, Eslonza, San Martín de Castañeda, Vega, Gradefes, Sobrado y los obispados de León y Astorga, etc. los que se hacen dueños de las salinas de Villafáfila-Lampreana: Por donaciones, ventas y cambios, de aquellos primeros dueños, también por donación real o señorial. Las explotan y comercializan a través de sus deudos.

 Los reyes no consideraban a las salinas patrimonio de la Corona y si acaso un bien personal, cuando las poseen. Esto sucedió con D. Fernando I, al adquirir del Monasterio de Sahagún  villa Traviesa.

 2ª. A partir del reinado de D. Alfonso VII los reyes se hacen dueños de las salinas, respetando las propiedades anteriormente adquiridas por los grandes monasterios  y obispados. Esto hizo de ellas una de las regalías más importantes de la Corona: Aquellas y sus rentas son propiedad del Monarca.

 El Ordenamiento de Nájera (1137), del Emperador D. Alfonso VII, es el punto de partida del derecho real sobre las salinas. En él se establece la reserva de las salinas y el rendimiento de sus rentas para el rey.

 Los pequeños propietarios, que subsistían de la etapa anterior, desaparecen totalmente.

 Es la Corona quien realiza la explotación de las salinas y la comercialización de la sal.

 La sal circulaba entonces libremente por todos los reinos cristianos, aunque sujeta al portazgo, hostalage, pedagium, emenda, etc. como otro producto comerciable cualquiera. El pago por estos impuestos se realizaba a veces por el sistema de mitades (una en metálico y otra en especie), según indican algunos fueros. El rey fijaba el precio legal o tasa de la sal.

 A partir de entonces las salinas se arrendaban, sobre todo después de D. Fernando III, mediante una renta de dinero. Estos arrendamientos no son sólo de los reyes, también lo hacen los monasterios y obispados, si bien en éstos la renta puede ser dineraria y en especie.

Los arrendamientos, en general, suelen hacerse con personas de baja condición social: gentes de las villas, clérigos de parroquia, campesinos, etc.

 Los arriendos eran elevados, lo que obligaba a que la explotación salinera fuese notable. Lo justifican también las donaciones, que sobre la renta de las salinas de Villafáfila, hizo el rey D. Alfonso IX a su mujer Dª. Berenguela, al Císter y al Monasterio de Roncesvalles.

Desde 1190 los arrendatarios de las salinas pagaban la <<alvara>> determinada cantidad de moneda (tributo real) y la explotación y comercialización corría por su cuenta. De este modo la sal quedó sujeta a un impuesto real, que se satisfacía en las mismas salinas, y que era percibido por unos oficiales reales denominados <<alvareros>>. Esto tenía lugar en Navarra y Castilla, si bien no sabemos si este impuesto tuvo aplicación en León.

  Dos aspectos hemos de considerar en la explotación de la sal, adscritos a la corona y cenobios: uno económico como productor de rentas y otro fiscal correspondiente a los impuestos: alvara, portazgos, diezmos, etc.

 La sal fue uno de los ingresos más saneados de los monarcas, más en Castilla que en León por ser las salinas de aquella más importantes que los de ésta.

 A partir de entonces la sal dejó de circular libremente por el reino Castellano-Leonés. Debía ir acompañada, para hacerlo, de un albarán dado por los alvareros de la sal. Así lo indicaba D. Fernando III, en relación con las salinas de Belichón (Cuenca). 

El precio de la sal era un maravedí por cahiz, según el fuero de Córdoba, en 1241.

 D. Fernando IV y D. Alfonso XI prohibieron vende la sal a más de su costo. Si bien el precio fue continuamente alterado, de ahí las leyes numerosas promulgadas sobre ella.

 El cahiz, equivalente a 4 fanegas toledanas y está igualmente a 12 celemines o almudes. Eran medidas usuales en el reino, en Castilla la Vieja y León se usaba también el medio, eminas y ochavas. La fanega se vendía a 6 maravedíes.

 En la época a que nos referimos, se velaba seriamente por los encargados del mercado – almotacenes y sayones -,  el sistema de medidas y vigilancia en la distribución y venta de la sal, sancionando a los defraudadores. Había unos de aquellos exclusivamente para la sal, se denominaba  <<alamines>>. Por esto se hacía con frecuencia alusión a la procedencia de la medida, por ejemplo, en nuestro caso la de Benavente.

 D. Alfonso X establece, en las <<Partidas>>, que las rentas de la sal y otras eran de los reyes, con ello culminó el monopolio regio sobre las salinas, que ya se venía imponiendo desde los tiempos de D. Alfonso VII.

 En tiempos del rey Sabio también se legislaba sobre los arrendamientos, llegando inclusive a establecer, en las <<Partidas>>, un modelo de carta de arriendo y en las Cortes de Valladolid de 1238 la forma de pago de aquellos.

 Los arrendadores, ahora son capaces de abonar fuertes sumas de maravedíes, al rey o a los dueños de las salinas. Generalmente, a partir de la segunda mitad des siglo XII, aquellos suelen ser judíos, que los más fuertes capitalistas del reino. 

Entre 1455 y 1460 el arrendador de las salinas de Villafáfila fue el judío Benjamín Odava.  

  Lagunas de Villafáfila.

 Con D. Sancho IV el monopolio real salinero parece retroceder, entrega salinas a los particulares y permite la creación de alfolies sin control de éste. El precio de la sal fue también variable.

 El trabajo de las salinas se hace generalmente por asalariados, que reciben un jornal, sin que se excluya la mano de obra servil.

 Los alvareros, desde los tiempos de D. Alfonso X, estaban obligados a adquirir la sal en los alfolies reales, a un precio determinado, de acuerdo con su procedencia y a la venta dentro de determinadas zonas del reino, señaladas por el rey, estableciendo jurisdicciones territoriales para cada una da salina. Esto originó complicaciones y abusos por lo que el ordenamiento de D. Alfonso XI de 1338 sé suprimieron estas limitaciones, circulando libremente la sal.

3ª. Con D. Alfonso XI se establece el monopolio real sobre la sal del reino independiente de su procedencia. Fórmula administrativa que siguió vigente hasta finales del siglo XVI.

El ordenamiento de Alcalá de 1348, juntamente con la Provisión de Burgos, del mismo año, declaran posesión de la corona las salinas de reino, excepto las otorgadas con anterioridad.

El ordenamiento de 1338 regulaba el mercado de la sal en el reino. Los alvareros desaparecieron.

El ordenamiento, según hemos señalado, fijaba el precio de la sal por unidad de medida. Es un precio político, no es el valor comercial del producto, sino el fiscal que se atribuía al mismo.

El rey imponía a cada lugar unas cuotas obligatorias de compra de la sal, como garantía del beneficio de los arrendadores, independiente de su reino. Solo los <<hombres del rey>> podían negociar la venta de la sal, siendo castigados los contraventores.

Con D. Pedro I se quiso volver a la libertad de compra de la sal en Castilla y al reparto de ella, por áreas territoriales, para cada salina, con un precio fijado, donde era obligado el consumo de ella.

El rey D. Juan I prometió en las Cortes de Burgos de 1379 terminar esas limitaciones a medida que fuesen acabando los plazos de arrendamiento entonces vigentes.

En el siglo XV la venta de la sal era libre, a un precio tasado y en la Castilla interior, con zonas territoriales de venta para cada salina.

Las de Villafáfila abastecían solamente a la porción central del reino de León.

El área de venta estaba limitada por la de otras salinas así las de Rosio (Burgos), por concordancia de 1427 entre el Monasterio de las Huelgas de Burgos y el concejo de las salinas de Añana, llegaba a Villalpando.

 La sal consumida en Salamanca tenía su origen portugués, corrientemente. No siempre se reserva-ron los límites asignados a cada salina.

 Del siglo XV proceden, por primera vez, datos cuantitativos de la renta de la Hacienda Regia de los arrendamientos de las salinas de Villafáfila según señalamos:

 

PERIODO

 

ARRENDAMIENTO

ANUAL

 

(mrs.)

 

 

 

 

 

1416

 

17.393

 

1417-1419

 

15.000

 

1429-1430

 

15.484

 

1431-1434

 

14.000

 

1439-1443

 

13.426

 

1443-1448

 

10.500

 

1451-1454

 

10.182

 

1455-1460

 

15.568

 

1465-1468

 

15.400

 

 

En 1465 D. Pedro de Ledesma tenía el privilegio de las albarías de las salinas de Villafáfila.

 El Almirante de Castilla D. Alfonso Enríquez y su mujer Dª. Juana Mendoza fundaron un mayorazgo, en su estado de Medina de Rioseco, a favor de su hijo D. Enrique Enríquez, sobre las villas de Bolaños de Campos, Cabreros del Monte, Salinas de Villafáfila, los vasallos de Valdunquillo, las casas de Zamora, las aceñas de Piedrahíta, la heredad de Pajares con 30.000 mrs. de juro y 30 lanzas.

 En 1468 las salinas de Villafáfila fueron enajenadas por D. Enrique IV a favor del Comendador D. Pedro de Almansa.

 En tiempos de Juan II se arriendan las salinas agrupadas. Cada contrato de arriendo señalaba el área que cada grupo abastecía de sal. La venta libre quedaba subordinada a la obtención de la carta de pago extendida por el arrendatario. En los contratos se estipulaba el precio máximo de venta de la sal a los consumidores.

 La multitud de conflictos que tuvo Castilla durante el reinado de los Reyes Católicos: Guerra de Sucesión, Guerra de Granada, Descubrimiento de América, Expulsión de los judíos, Guerras de Italia, etc. hizo necesario el saneamiento de la Hacienda Real. A ello contribuyó el aumento de la imposición tributaria, el traspaso de los Maestrazgos de las Órdenes Militares al rey Fernando, combinado con una política de estabilización monetaria, basada en el patrón oro, que facilitó el ahorro.

 A esto se unía, el que en los últimos años del siglo XV los reyes desarrollaron una política impecable de recuperación que permitió a la Corona de Castilla disponer de las salinas: Atienza (Guadalajara), Espartinas (Guadalajara), Belichón (Cuenca), Villafáfila (Zamora), Añana (Alava), Rusió, Herrera y Poza de la Sal (Burgos), Buradon (Álava), Lenis y Gaviria (Guipúzcoa), y de los alfolies de la costa Cantábrica: Castro Urdiales, Laredo, Santander, San Vicente de la Barquera, Avilés, Vivero, etc. lo que les permitió  controlar el gran mercado de la sal, que estaba en posesión, en parte, de algunas diócesis, monasterios y órdenes militares.

Se subió el precio de los arrendamientos, que en Villafáfila eran los del tiempo de D. Juan II, pero sin poner límites ni otra restricción mayor que la que no se pudiesen establecer alfolíes alrededores de cinco leguas de los que ya estuviesen situados. 

Como las disposiciones rentistas ofrecían dudas y oscuridades formase en 1483, para obviar estos inconvenientes, él <<Libro de Relaciones>> por los Reyes Católicos, en el que había de exponerse con claridad todas las disposiciones y prácticas de hacienda para recurrir sin pleitos ni fastos. Ellos mismos dispusieron, en 1484, para evitar competencia, que se confiscaran sal, carretas y acémilas a los que introdujeran  sin licencia, sal de los reinos vecinos. Para impedir todo <<contrabando>>, en 1498 se fijaron los caminos por los cuales se había de transportar la sal de las salinas principales. Las medidas represivas fueron muy drásticas.

El rey D. Carlos V dispuso que se diese la sal a los cristianos nuevos (se habían convertido al catolicismo muchos moros en tiempos del Cardenal Cisneros) a los mismos precios que a los viejos.

El Cardenal Tavera, gobernador de Castilla por Carlos V, hizo ciertos apuntamientos sobre las salinas.

La situación se mantuvo relativamente a lo largo del siglo XVI. La renta de los arrendamientos disminuyó. Las salinas de Villafáfila fueron arrendadas al conde de Benavente.

La tasa de la sal fue igual para toda Castilla, en el interior como en la periferia, de preferencia en ésta generalmente extranjera. Se establecía en 1544 un <<estanco>> (monopolio) que dejaba fuera a las salinas de Andalucía cuya sal pagaría a la Hacienda Regia una tasa de dos reales por fanega, si era para consumo interior, mientras se elevaba a tres para la exportación.

Al poco tiempo de comenzar el reinado de D. Felipe II, ante el estado de la Hacienda Real, sé propusieron algunos medios, entre ellos la monopolización de la sal.

En 1563 se ordenó una visita a todas las salinas del reino para gravarlas en beneficio de la Hacienda Real. Los visitadores pretendían averiguar la producción actual y potencial, valor del arrendamiento y precio de venta de la sal de cada salina. Se pretendía imponer un impuesto de dos reales por fanega sobre el precio del producto.

Por Real Cédula de D. Felipe II de 1564 se incorpora a la Corona todas las salinas de Castilla, con excepción de las de Andalucía y Granada.

Para impedir el acceso de la sal, en el interior de Castilla, bien desde Andalucía o de los reinos extranjeros se elevaron los precios en las salinas reales. Este que solía ser de 4 reales por fanega pasó, a partir de 1564, a 6 reales. 

El <<estanco>> de la sal, el aumento del precio, los impuestos a la sal no monopolizada por la corona y a la importancia, el nombramiento de jueces especiales sobre ellas, trajeron reclamaciones en las Cortes de dicho año.

 El abono de la propiedad a los dueños de las salinas llegó tarde y mal. En las Cortes de 1573-75 se solicitó una rebaja del precio de la sal pues a ellos se atribuía el encarecimiento de los ganados, cecinas y pescados y también la supresión de los jueces especiales de las misma, por los excesos y agravios que hacían. En las Cortes de 1588-90 los procuradores volvieron a quejarse de los precios de la sal, pues Asturias, que tenía un precio oficial de 5 reales la fanega se vendía, por los revendedores, a 20 y 30 e inclusive a 60 y 70 reales con lo que <<se pierde y cesan las pesquerías>> se despueblan los dichos puertos.

La sal como factor importante en la alimentación del hombre y del ganado, a través del medievo, es un asunto de gran trascendencia para el historiador. El régimen alimenticio de ellos, a juzgar por las noticias que nos dan los documentos de aquellos tiempos, fue un tanto monótono y más bien desequilibrado.

Téngase en cuenta, por otra parte, la desigualdad de nutrición entre las distintas clases sociales, en razón de su economía. En las despensas señoriales y abaciales siempre se acumulaban adobos y salazones de carne y pescados, con el abundante empleo de la sal en su conservación. Este era un elemento necesario no sólo en la cocina, sino también en los piensos del ganado y lo mismo acontece con los productos derivados del mar o río y de la cabaña pecuaria (salazones, embutidos, jamonería, tocinería, etc.) ¿ Cómo sería posible, en tiempos medievales, consumir en Castilla y León productos marinos si no fuese como salazones? Los fueros gallegos de Padrón, Pontevedra y Noya, del siglo XII, nos dan datos suficientes del uso de la sal en el comercio del pescado en salazón. Las carnes saladas fueron la forma de utilizar los productos procedentes de los grandes rebaños de ganado de porcino, vacuno, ovino, etc. que pastoreaban en León y Castilla y que dieron lugar a las veredas y cañadas de la trashumancia ganadera.

En algunos fueros se indican las cuantías de la sal que debía recibir los pastores y gañanes para la alimentación de sus ganados.

 Real Fábrica de Salitre de la Villa de Villafáfila, que pasó a ser fábrica de harinas y actualmente abandona y en ruinas.

En el reinado de D. Carlos III estas sales se utilizaban en la fabricación de pólvoras a cuyo efecto se instaló la fábrica correspondiente de salitre en Villafáfila, bajo el nombre de <<Real Fábrica de Salitre de la Villa de Villafáfila>>.

Previamente a esto se efectuó, en 1773, un expediente sobre la nueva rentabilidad de estas salinas, prácticamente abandonadas desde es final del siglo XVI.

Esta fábrica contaba de cinco lugares cercados: San Pedro, Matadero, Leñera, Viñon, San Juan y los Ruices. En el primero se encontraban las calderas de cochura de las costras salitrosas recogidas en las salinas, con las cuales se obtenían las lejías y el salitre bruto.

En 1812 se inventariaron 320 arribas y 10 libras de éste, lo que posteriormente se afinaron por cristalización, dejando 200 arrobas de aguas madres.

También poseía esta Real Fábrica un sitial Real en la Parroquia de San Salvador.

Esta fábrica subsiste bajo la forma de fábrica de harinas, por compra en la desamortización del siglo XIX de D. Marcelino Trabadillo.

Fabrica de Harinas