APROVECHAMIENTO DE LAS SALINAS EN LA PREHISTORIA Y ÉPOCA ROMANA

HISTORIA DE LAS EXPLOTACIONES  SALINAS EN LAS LAGUNAS DE VILLAFÁFILA

 

 

Elías Rodríguez Rodríguez: Historia de las explotaciones salinas en las lagunas de Villafáfila.

 

          

Las primeras noticias seguras, documentadas arqueológicamente, de poblamiento humano en el entorno de Villafáfila se remontan al periodo Calcolítico o Edad del Cobre correspondiente a 2.300 años antes de Cristo, aunque se han encontrado instrumentos líticos (raederas), adscribibles al Paleolítico Medio en Revellinos y Villafáfila, y algunas piezas cerámicas en el entorno de la Fuente de San Pedro (un asa vertical con decoración incisa) y La Pinilla (cerámica con engobe rojizo), en Villafáfila, que se pueden datar en el Neolítico, indicios de la antigüedad poblacional. Se trata de yacimientos como El Fonsario, El Torrejón-Las Almenas, La Pila, El Teso del Marqués, Pozo de Moiro, en Villafáfila, o Los Chozos en Revellinos, situados a una altitud en torno a los 700 m., que no están muy próximos a las lagunas, en los que aparecen cerámicas lisas y decoradas con triángulos rellenos, ondas hechas a peine, etc., algunas piezas metálicas, y utensilios de piedra como hachas, hoces, cuchillos, puntas de flecha y molinos barquiformes de granito que indican una actividad predominantemente agrícola cerealista y, posiblemente cinegética (con restos óseos y de asta de ciervo y colmillo de jabalí). La localización de estos yacimientos en una línea de tesos algo elevada y separada de la orilla actual  de la lagunas puede deberse a que, en esa época, el nivel de las aguas, como consecuencia de una climatología más húmeda, alcanzara una cotas más elevadas que las actuales.

Asa de cerámica neolítica de Fuente de San Pedro (Villafáfila)

Cerámicas calcoliticas del Fonsario, (Villafáfila)

 

En una época posterior correspondiente a los inicios de la Edad del Bronce, 1800 años antes de C., aparecen abundantes asentamientos junto a las orillas de las tres lagunas principales y de las secundarias, y de los arroyos que las comunican entre sí, desde la Laguna de las Salinas en Villarrín hasta la Salina de Barillos en Revellinos, sobre pequeñas plataformas, alguna de ellas de apariencia claramente artificial,  que apenas destacan sobre el nivel actual de las aguas, separados entre medio y un Km. unos de otros, donde aparecen restos de cerámicas hechas a mano, muy toscas, con desgrasantes gruesos, algunas cocidas al sol, la mayoría lisas, y las decoradas, con cordones aplicados, improntas de dedos en los bordes y tetones, con gran similitud formal en todos los yacimientos. Solamente en los términos de Villafáfila se localizan 13 de ellos: en la Raya de Otero, Papahuevos, El Barco, La Rasa, Madornil, La Cabañica I, Laguna Salada, al Sur de la Salina Grande, Molino Sanchón II, Sobradillo, Celadilla, Tierras de Barillos y Prado de los Llamares. En Otero de Sariegos se conocen, al menos, cinco, desde las afueras del casco urbano hasta la raya de Villarrín, siguiendo la orilla de la Laguna de las Salinas, dos en Villarrín y algunos en Revellinos, que el día que se haga una prospección exhaustiva de estos pueblos añadirán otros muchos a la relación de los conocidos hasta ahora. La abundancia de fragmentos de cerámicas concentrados en unos espacios pequeños, y la presencia en interior de los fondos de algunas piezas de improntas digitales profundas, hechas a propósito, para facilitar la concreción de la sal al evaporarse el agua, y la coincidencia de ubicación con asentamientos humanos medievales con actividad salinera documentada, nos hizo pensar en 1990 en la posibilidad de que fueran estaciones dedicadas a la explotación de las salinas  (RODRÍGUEZ/GARCÍA/ LARRÉN, 1990).

 

Ceramicas Campaniformes del Molino Sanchón II (Villafáfila).

Metalurgia de la edad de bronce, Molde de hacha del Teso de Santa Catalina (Villafáfila) y cincel de cubo (Otero de Sariegos)

 

El mejor conocido de estos yacimientos es el de Santioste en Otero de Sariegos. Está situado a la orilla de la Laguna de las Salinas, formando una pequeña península discretamente elevada sobre el nivel de las aguas cerca del paraje conocido como Los Pinos, en el antiguo término municipal de Otero, hoy integrado en el Ayuntamiento de Villafáfila. La construcción de una pequeña presa, atravesando el canal de drenaje que excavó en los años 70, dentro de las actuaciones llevadas a cabo por la Consejería de Medio Ambiente para la conservación y mejora del hábitat de este humedal de tanta importancia para la avifauna, con la consiguiente elevación de nivel de las mismas, que sumergiría estacionalmente el yacimiento, propició la realización de sendas excavaciones de urgencia en los año 1990 y 1991, codirigidas por Ana I. Viñé Escartín y Ana Mª Martín Arija, bajo la supervisión de la arqueóloga del Servicio Territorial de Cultura, Hortensia Larrén, en cuyos trabajos, así como en la localización del yacimiento, tuve la fortuna de participar.

 

Cuenca de las Lagunas de Villafáfila.

Impresionante concentración de yacimientos del Bronce Pleno en el área lacustre de Villafáfila-Villarrín (Zamora). A destacar su agobiante inmediatez a las salinas

 

Como resultado de las mismas pusieron de manifiesto diversas estructuras en las catas, que se han identificado como  unos sencillos hornos, de una compostura bastante endeble de barro y rudimentarios adobes, que parecían haber sido utilizados sucesivamente, con destrucción y reconstrucción,  rodeados de restos de abundantes cenizas, entre las que se apreciaban una especie de cilindros de barro crudo colocados en pie a modo de peanas , unas cubetas, un silo y un estrecho pozo, en el fondo del cual se hallaban restos de una vasija de cerámica, además de abundantes restos de cerámica extendidas por las catas,  formando acúmulos en algunas partes, a modo de vertederos de vasijas fragmentadas. Además en un hoyo que atravesaba todos los niveles subyacentes apareció un enterramiento de un cuerpo perteneciente a  una mujer joven, con su ajuar correspondiente, que consistía: en un cuenco de cerámica, una pulsera y un collar de cuentas de hueso, tres cápsulas de plata nativa  y un botón de marfil (VIÑE 1990 y 1991).

 

Cocción de las salmuera en vasija sobre fuego directo en los hornos construidos al efecto, hasta alcanzar su cristalización. Después se vertían en estado líquido en moldes mas pequeños hechos de barro crudo. (Delibes / Viñe / Salvador 1998, pág. 174).

 

Los moldes de barro crudo contenido la salmuera cristalizada se ponían a secar sobre unas peanas cilíndricas  de arcilla. (Delibes / Viñe / Salvador 1998, pág. 175).

 

Una vez seca la sal procedía a la rotura de los moldes de barro para extraer las piezas de sal listas para su comercialización (Delibes / Viñe / Salvador 1998, pág. 177).

 

Del estudio de la excavación y de la localización y abundancia de los yacimientos en los bordes de las lagunas se deduce que estas gentes se dedicaban a la explotación de la sal, mediante la ebullición controlada en recipientes cerámicos, que servían de moldes para la obtención de tortas de sal destinadas al comercio a distancia mediante el trueque por otros objetos alimenticios o suntuarios, que proporcionaría  unos excedentes, que permitieron a quienes controlaban estos procesos convertiste en clase dirigente de las comunidades, provocando una diferenciación social hasta entonces desconocida o menos marcada, que se traduciría en la riqueza de los ajuares de algunos enterramientos (DELIBES G. 1993).

 

La interpretación que de las excavaciones hacen Germán Delibes de Castro, Mónica Salvador y Ana Viñé, en su trabajo conjunto: Santioste, una factoría salinera de los inicios de la Edad del Bronce en Otero de Sariegos (Zamora), publicado en STUDIA ARCHAEOLOGICA, es referencia fundamental para el conocimiento de la explotación salinera de esta época y de su influencia en la estructuración social de los habitantes de la comarca.

 

Lo primero que llama la atención a estos investigadores es la abundancia, variedad y fragmentación de la cerámica (más de 30.000 fragmentos), toda ella realizada a mano con gran diversidad formal, que van desde grandes tinas hasta pequeños cuenquitos, y de acabados, algunas realizadas con técnicas muy toscas, y la presencia de piezas cocidas al sol, todas con escasos elementos de decoración. Esto, junto con la escasez de materiales de piedra, la inexistencia de objetos metálicos, aparte del ajuar de la tumba, y lo exiguo de los restos de animales en la superficie excavada, les lleva a pensar que se trata de una  factoría de producción de sal más que de un lugar de mera habitación. La confirmación viene dada de la comparación de los elementos aparecidos en Santioste con los procedentes de otras conocidas factorías salineras europeas de la misma época.

 

La cronología de esta factoría, basándose en el análisis de varias muestras de carbón, cuya datación se remonta a unos 1800 años antes de Cristo, y en los paralelos formales y culturales de los restos cerámicos, podría situarse en el final del periodo campaniforme y el inicio de la Edad de Bronce Pleno.

 

El procedimiento extractivo que se deduce de la excavación de Santioste consistía en la aplicación de calor artificial a las salmueras preparadas, obtenidas probablemente de aguas subterráneas, seguramente de mayor riqueza salinífera que las superficiales, como lo confirma el hallazgo del pozo en un rincón de la cata principal, aunque sin descartar que en los periodos estivales el origen de las mueras estuviera en las aguas superficiales de las lagunas, coincidiendo con el periodo de mayor riqueza salinífera, a las que se sometería a la acción del sol, como se documenta en estos mismos pagos en el periodo medieval, cuando conocemos que se empleaban ambos sistemas.

 

En cuanto a los procedimientos técnicos de extracción, esta se llevaba a cabo sometiendo al calor directo de las brasas en las estructuras que parecen hornos o cocederos a unas grandes vasijas de cerámica llenas de agua salada, para provocar una concentración de la salmuera cercana a la saturación. En un segundo paso se trasvasaba la sal en un estado semipastoso a unos recipientes más pequeños hechos de barro cocido al sol que servían de moldes y se colocaban sobre un lecho de brasas sobre las peanas cilíndricas de barro, donde se alcanzaba una temperatura homogénea cercana a los 70º C., produciéndose una cristalización perfecta del cloruro sódico, a la vez que las impurezas formadas por otras sales quedan retenidas en los poros del barro cocido al sol, produciendo unas bolas o tortas de sal de una pureza y consistencia máximas. Si hubieran seguido con el procedimiento de cristalización en los grandes recipientes, la solidificación de la sal obligaría a su rotura para poder servirse de la misma, con el consiguiente derroche de cacharros que requerían de mayores recursos y de más esfuerzo para su fabricación que la utilización de recipientes de barro cocido al sol más fáciles y baratos de hacer. Además la utilización de recipientes de una capacidad determinada permitía la obtención de bloques uniformes de sal listos para su comercialización, sin tener que someterlos después a procesos de modulación. El transporte de los bloques de sal se podía realizar incluidos en las piezas de barro, o bien, se rompían los moldes, dando lugar a los acúmulos de cerámica que aparecen en el yacimiento.

 

La suerte de hallar dentro de la escasa superficie excavada una fosa de enterramiento, posiblemente un antiguo silo reutilizado, conteniendo restos de una inhumación con su ajuar, nos permite hacer una aproximación a las gentes que participaban en la extracción salina y a sus características culturales y  sociales.  La inhumación del cadáver coincidió con el abandono de la factoría y pudo suponer una sacralización del lugar. Los restos corresponden a una mujer joven, de unos 14 años, recostada en posición fetal sobre una mancha rojiza de ocre, con la cara mirando al oeste, sosteniendo sobre su mano derecha un cuenco liso. El ajuar de la tumba estaba constituido por una pulsera de cuentas de hueso en forma de pequeños aritos planos colocada sobre el brazo izquierdo, un colgante en el cuello con cuentas similares a las de la pulsera, junto a tres cápsulas de plata y un botón de marfil.

Tumba y ajuar de una joven aristócrata del Bronce Antiguo localizados en las viejas excavaciones de Santioste.

 

De la riqueza y el exotismo de este ajuar, comparándolo con otros enterramientos de la época, como son los cementerios de El Argar (Almería), se puede sospechar que corresponde a un personaje femenino de la casta dominante de una sociedad jerarquizada, posiblemente la joven esposa o la hija de uno de los individuos que ostentarían la jefatura de la comunidad. La llegada de los materiales argentíferos y de marfil, muy raros en la Meseta, procedentes seguramente de las regiones costeras del sur de Portugal o de Andalucía, tiene que estar asociada necesariamente a la existencia de un comercio a larga distancia, en el que el intercambio de sal mediante procedimientos de trueque o de regalos sería uno de los elementos predominantes.

 

Posiblemente el control de los procesos de fabricación y del comercio de la sal propició el surgimiento dentro de unas sociedades, en principio igualitarias, de unos individuos que se fueron haciendo con el dominio de la colectividad, aunque la existencia en el entorno de las Lagunas de Villafáfila de numerosas estaciones del mismo tipo que la de Santioste pueden hacernos pensar en unos procesos más descentralizados de producción de la sal. Sin embargo la apariencia de alguna de estas estaciones, como la de Papahuevos, situada a modo de península a la orilla de la Salina Grande produce la impresión de que pudiera haber sido construida artificialmente, con el consiguiente movimiento de tierras por parte de una población relativamente numerosa, en la que la existencia de una estructura jerarquizada de dominio por parte de una casta dirigente facilitaría el control de todos los procesos extractivos de la comarca.

 

Algo debió de ocurrir en la climatología o en la estructura social, o en ambas cosas, que provocó cambios en la localización de los asentamientos de épocas posteriores. Se abandonan los márgenes de las lagunas y arroyos que las comunican, y posiblemente la extracción de sal, pues los yacimientos de la Edad del Bronce Final (1200-700 a. de C.) se localizan en zonas alrededor de las lagunas, pero no inmediatas a ellas, a unos 700 m. de altitud, en La Cantera, Valorio, Teso del Marqués y Teso de Santa Catalina, siendo los restos adscribibles a la cultura de Las Cogotas, representativa de este periodo, mucho menos abundantes que los de la época anterior.

 

       Durante la Edad de Hierro (700 a. de C. hasta la romanización) se ocupan varios lugares altos, algo más cercanos a las Salinas, como El Cementerio Nuevo, Teso de Santa Catalina, Fuente de San Pedro, o el casco urbano actual en Villafáfila, o Teso de la Fuente de Salinas en Revellinos, fácilmente defendibles. En este último lugar aparecen los únicos vestigios de cultura celtibérica de la comarca, como son cerámicas realizadas a torno y pintadas, superpuestos a materiales más antiguos. Estos materiales antiguos, adscribibles a la cultura de Soto de las Medinillas, junto con restos de cerámica medieval, se dispersan por parcelas cercanas a este yacimiento, junto a pequeñas lagunas o áreas encharcables, concentrándose en una zona de abundantes restos de cenizas, que pueden corresponder a una factoría salinera que cuando se excave nos puede permitir conocer la relación que pudieran tener los pobladores de la zona en esta época con la explotación de la sal.

Punta de Lanza de la Primera Edad del Hierro del cementerio nuevo (Villafáfila).

 

  Del tiempo de los romanos nos quedan abundantes restos materiales, fruto de una romanización intensa de la zona. Entre los más conocidos figuran el puente de Villarigo y la Fuente de San Pedro; pero también en Los Villares-Neira y Raya de Villafáfila en San Agustín del Pozo; Las Tejicas  y Fuente de Salinas en Revellinos; La Mata, Valorio, El Escambrón, Tierras de Barillos, La Cantera,  La Vega y Fuente de San Pedro en Villafáfila; Iglesia y Las Negras en Otero; Santo Tirso, Pozuelos, San Pedro y Villardón en Villarrín; y Bamba en Tapioles, por circunscribirnos sólo al área de las lagunas, aparecen materiales como tegulae, algunas con marcas de alfareros, ladrillos, cerámica sigillata y objetos de vidrio o de bronce. De todos ellos cabe destacar los mosaicos de la Fuente de San Pedro y el pasarriendas de Valorio, una pieza de carro que, además de adorno, servía para  sujetar las correas de suspensión. En otros yacimientos con predominancia de materiales medievales: Los Arrotos, Sobradillo, El Villar, El Pradico y Laguna Salada, en Villafáfila, Teso de la Casa en Revellinos y Fuente de la Dehesa en San Agustín, aparecen, asimismo, indicios de ocupación romana como son la aparición de escasos fragmentos de T.S.H. y de tegulae, éstas, de más dudosa interpretación como indicios de ocupación romana, porque podrían haber sido reutilizadas en época medieval.

 

Tanta concentración de asentamientos, algunos de ellos muy cercanos a pequeñas lagunas nos pueden hacer sospechar la explotación de las Salinas en época romana como también apunta Delibes.

 

La confirmación de esta sospecha nos puede venir de la transcripción e interpretación que, de la inscripción del fragmento de tábula de bronce aparecida posiblemente en Fuentes de Ropel, hacen Marcos Máyer, Rosario García y José Antonio Abásolo. Para ellos se trata de una delimitación de campos públicos, “limitatio agrorum”, datada en los primeros años de nuestra era, al poco de llevase a cabo la conquista de estas comarcas. La mención en el texto de unas lacunae les lleva a concluir que la delimitación sería de unas salinas, que por la zona del hallazgo tienen que tratarse de las de Villafáfila:

 

 “Su trascendencia, en caso de aceptarse el contenido y datación propuestos, sería muy grande, dado que nos informaría sobre unas salinas, ager publicus por excelencia, en la riquísima Tierra de Campos, complementando así la información existente al respecto en la Península Ibérica.

 

Las salinas cobrarían importancia también en tierras de interior y contribuirían quizás a explicar mejor la importante implantación militar de control de la zona, vinculada desde siempre a la explotación de minas.” [1]

 

La explotación de las salinas en esta época tal vez estuviera ligada a la conservación en salazón del pescado procedente de las mismas lagunas, en concreto de las lampreas de río o lamprehuelas, abundantes en ellas y apreciadas por los romanos, lo que habría dado el nombre de Lampreana a la comarca, pues cuando se documenta a principios del siglo X, ya es un nombre consolidado por el uso, o de las anguilas, barbos o truchas tan abundantes en el cercano río Esla. En las salinas gallegas la explotación de sal estuvo muy ligada a la conservación de pescado.

 

Según Delibes, el mismo nombre de Villafáfila se podría deber a la producción en la comarca de la “favilla salis”, sal muy fina que menciona Plinio en su Historia Natural, pues también las fuentes dejan constancia del aprovechamiento de lódanos y manantiales salobres del interior de Hispania (Estrabón, II. 2,6; citado por Delibes, 1993).

 

Pasarriendas de Valorio, una pieza de carro que, además de adorno, servía para  sujetar las correas de suspensión.

Fragmento de tábula de bronce aparecida posiblemente en Fuentes de Ropel.

Mosaicos de la Fuente de San Pedro

 

La presencia visigoda está peor documentada o, al menos, es menos conocida. Destaca el hallazgo del tesorillo visigodo de Villafáfila (Fernández González, 1990) en el pago de Santa Marta, a las afueras del pueblo, que puede corresponder a un ocultamiento intencionado de objetos litúrgicos, coincidiendo con la invasión musulmana; o la existencia de restos de cerámicas visigodas  en algunos yacimientos como en Valorio y en el talud de la carretera de San Agustín en Villafáfila, o en Las Negras de Otero de Sariegos, o El Villar, a orillas del Arroyo Salado, en Villarrín, vestigios que, dada su cercanía a las zonas lacustres, nos pueden hacer intuir la permanencia de explotación salina también durante la época visigoda.


[1]Al artículo me ha sido facilitado amablemente por Rosario García Rozas antes de su publicación, para poderme servir de su estudio para el presente trabajo.

 

Texto: Elías Rodríguez Rodríguez: Historia de las explotaciones salinas en las lagunas de Villafáfila. Págs. 21a 28.

Fotos: Elias Rodriguez Rodriguez, villafafila.net