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Denominado indistintamente río o arroyo por su longitud y amplia
cuenca merece llevar el segundo distintivo, auque sólo sea un curso de
caudal escaso e intermitente. Sin manantiales copiosos en su cabecera,
se forma en las Lagunas de Villafáfila, actuando como su drenaje
natural. Aunque el cauce aparece definido desde la Salina Grande, as
aguas ya vienen desde Barillos y todas desde los términos de Vidayanes
y San Esteban del Molar, éstas últimas encauzadas a través del arroyo
del riego o de la Huerga. A oriente de Villafáfila y sobre el arroyo del
Riego, hallamos el más interesante puente del todo el curso, el
denominado puente Romano. Es una obra antigua medieval posiblemente,
creada en piedra con tres ojos de distintas mediadas, protegidos por
tajamares agudos. Los arcos laterales don de medio punto y levemente
apuntado el central. En su estado actual carece de la esbeltez que hubo
de poseer en la época de su construcción pues se halla muy cegado,
divisándose menos del tercio superior de la circunferencia de sus arcos.
La calzada que cruza por encima conserva el viejo empedrado y también
perduran los antepechos originales de piedra. Su servicio actual es
únicamente pecuario, como paso de ganado de unos pastizales a otros,
manteniendo así su principal función histórica, ya que por aquí
transcurría la Cañada del Rual.
Tanto la Salina Grande como la Laguna
de Barillos y menos la Laguna de Salinas, son extensas balsas de aguas
salobres, de poca profundidad, sólo inundadas en épocas invernal. Es entonces
cuando adquieren un gran interés ecológico ya que a ellas acuden miles
de aves acuáticas, sobre todo ánsares procedentes del norte de Europa,
los cuales buscan aquí un lugar para resistir la invernada. En verano
secas casi por completo, se transforman en una uniforme superficie
parada, de barro duro y cuarteado, con alguna vegetación palustre
superviviente. Dejando Villafáfila
a la derecha, antes de alejarnos hemos de recordar que en sus cercanías
se estableció en tiempos de Carlos III una fábrica de pólvora, en la que
se aprovechaba el salitre de las zonas lagunares.
Otero de Sariegos es una localidad despoblada, con
numerosas ruinas dominando los edificios aún firmes. Aquí debió disponer
el rey Enrique III de un palacio palacio que le servía de residencia en
sus numerosas jornadas cinegéticas. Al pie del pueblo mana una fuente
publica, de caudal abundante pero muy salado. El arroyo que se forma
deja una costra blancuzca en el suelo cuando se seca con el calor.
Más al sur se extiende la Laguna de Salinas,
este depósito acuático quedó mermado después de los drenajes con lo que
se intentó desecar para aprovechar sus tierras agrícolamente. A su lado
se emplaza Villarrín de Campos, en los campos de los alrededores
podemos contemplar un gran número de palomares, de todo tipo tanto
cuadrados como circulares, formando una de las concentraciones más
notables ente las existentes de ese tipo de edificios populares.
El Salado desde aquí va hundiéndose en un
estrecho vallejo limitado por cuestas redondeadas, En una de esas
colinas se sitúa Villalba de la Lampreana y más abajo en la misma
ubicación Arquillinos y Cerecinos del Carrizal. Tolas las localidades de
aspecto similar, con casas rojas de tapial y austeras iglesias en las
que se guardan valiosas piezas artísticas. Mas abajo de las
aisladas casas de salamedia le llegan al Salado las aguas del arroyo de
Valmoro, el cual drena el término de Moreruela de los Infanzones el
terreno salitroso vuelve a aparecer en Torres del Carrizal, lugar donde
se extrajo algo de sal en el pasado, después de cruzar el pueblo, a
oriente de su curso se alza el dominante teso de la Mora en cuya cima se
hallan dos bien conservadas cisternas pertenecientes a un campamento
romano establecido en los alrededores del cambio de era y por pocos
años. A la vista de Molacillos el
Salado forma una vega común con el Valderaduey, ocre y terrosa casi
siempre. Finalmente, tras mantenerse paralelos dos dos cursos durante
unos cintos de metros, aquel se traga por fin a éste en los terrenos de
la vieja dehesa de Merendeses, pues en el verano la escorrentía
desparece y los cauces son sólo un lecho de carrizos y espadañas. Las
charcas residuales estuvieron antaño pobladas de cangrejos y en tiempos
más lejanos de lampreas, como señala el nombre de la subcomarca que
hemos recorrido. |